lunes, 21 de julio de 2008

Mundo Esquizofrénico II

Existen muchas otras contradicciones y no se limitan a las cosas más mundanas. De hecho, la mayoría son consecuencia de la propia configuración del mundo a nivel macro. Los países desarrollados (o países del Norte, antes denominados Occidente) han reconfigurado el mundo de la post-Guerra Fría de modo que favorezca a sus perversos intereses. Y lo han hecho a través de la difusión de su credo: libre comercio, derechos humanos y democracia. No obstante, estos principios no han sido asumidos por sus propios inspiradores, sino que se ha instado a los países en vías de desarrollo a interiorizarlos. De ese modo, es como los países ricos, anclados en políticas proteccionistas, déspotas y totalitarias, han podido re-colonizar los países del Sur, esta vez sin necesidad de invadir físicamente sus fronteras.

Así pues, la primera de esta triada de contradicciones es la que concierne a la dicotomía proteccionismo-libre comercio. El objetivo de los países del Norte tras el proceso de descolonización ha sido conservar los privilegios de la metrópolis. Al percibir que la vía del control territorial directo sobre las colonias se había agotado, comprendieron que la supervivencia del sistema del pulpo (un centro poderoso abasteciéndose de la periferia) pasaba por centrarse en la dominación económica. Para ello, era necesario que los nuevos Estados adoptaran el libre comercio como su principal doctrina económica. En otras palabras, el objetivo era que los países del Sur asumieran que lo mejor para su economía era abrir sus fronteras a los productos del Norte, porque el intercambio mutuo de bienes genera bienestar y desarrollo para ambos. Esto sería cierto si no fuera porque la historia económica evidencia que los países del Norte, los mismos que ondean la bandera del libre comercio, han hecho del proteccionismo la piedra angular de su sistema. De hecho, hay vastos ejemplos de ello.
La Unión Europea goza de un sistema de subvenciones agrícolas reguladas por la PAC (Política Agraria Común). A través de estas subvenciones, los agricultores europeos protegen sus productos de la competencia desleal que, según ellos, generaría la introducción de bienes agrícolas más baratos procedentes de los países del Sur. Al copar la demanda agrícola europea con productos subvencionados y producidos dentro de la UE, limitan el acceso de los productos de los países del Sur, rompiendo con el librecambismo que debería llevar a la prosperidad mutua. Pero eso no es todo: la enorme cuantía de las subvenciones genera excedente, que no se tira, sino que se vende a bajo coste en los países en vías de desarrollo, con lo cual, la PAC no solo limita la capacidad de los agricultores sureños de exportar hacia la UE, además, les desbanca de los mercados nacionales de sus propios países. La consecuencia de todo esto es el ensanchamiento de la brecha Norte-Sur. En otras palabras: más miseria, más hambre y más muertes inocentes.
Pero si hay una estrategia proteccionista que ha sido asumida por todos los países ricos para prosperar a costa del expolio a los países del Sur y a sus propios ciudadanos (vía impuestos), es el incremento de la partida presupuestaria de Defensa. El artífice de esta estrategia fue EEUU tras la Segunda Guerra Mundial. La irrupción de la Guerra Fría, hoy vista en perspectiva, puede atribuirse más a intereses económicos que a la confrontación ideológica entre dos bloques. EEUU generó una cultura del miedo al comunismo soviético que le permitió incrementar sus presupuestos militares bajo la hipótesis de un posible e inminente ataque enemigo. Tras la caída del Muro, hemos podido observar como esta cultura del miedo sigue funcionando, esta vez centrada en el terrorismo islamista y los países que lo acogen (el Eje del Mal).
De ese modo, el sistema del Pentágono – incluyendo la NASA y el Departamento de Energía – se convirtió en el principal impulsor del sector empresarial estadounidense, a través de grandes subvenciones estatales. Subvenciones que permitieron el desarrollo de determinados sectores de la industria norteamericana a través de políticas proteccionistas. Un proteccionismo que, contra la creencia común, fue más exacerbado durante el periodo (supuestamente) neoliberal de Reagan y su guerra de las galaxias. El incremento en gasto militar durante este periodo se vendió al contribuyente como la necesaria partida de defensa en un contexto hostil pero, en realidad, no fue más que un incentivo al desarrollo de la comunidad empresarial estadounidense. Sin estas medidas proteccionistas, hoy no existiría una industria de acero automovilístico en EEUU, pues habría sido copada por la competencia japonesa. Del mismo modo, no se habría desarrollado la industria de computadoras avanzadas y microchips, uno de los motores del crecimiento de la economía norteamericana durante los 90. Así fue como Reagan se convirtió en el estadista que más limitó las importaciones de EEUU (un 23%: más que todos sus predecesores juntos) liberando a las empresas norteamericanas de la competencia japonesa y europea. Por tanto, puede afirmarse, sin ningún pudor, que Reagan ha sido el presidente más proteccionista de toda la historia de EEUU.
Aunque el pionero del proteccionismo militar fue EEUU, su discípulo más aventajado, la UE, está siguiendo sus pasos a través de la reunificación de la industria armamentística de todos los países miembros para la consecución de proyectos comunes de defensa. El ejemplo más evidente es la construcción del avión de combate europeo Eurofighter, impulsado por diversos países miembros (entre ellos España) y al que se destinan grandes partidas del presupuesto de Defensa. Tal y como ocurría con el sistema del Pentágono, estos proyectos comunes no son más que una tapadera para impulsar determinados sectores industriales europeos, especialmente los relacionados con la energía y la alta tecnología.

Por tanto, el mito del libre comercio nos acerca de nuevo a ese mundo esquizofrénico que se mueve en dos direcciones distintas: protección estatal y subsidio público para los ricos y disciplina de mercado para los pobres.

domingo, 20 de julio de 2008

Mundo Esquizofrénico I

Desde hace algo más de tres años, al entrar en la fábrica en la que trabajo, me encuentro de frente con un gran cartel azul en el que pone en letras blancas: sin calidad no hay futuro, orden + limpieza = calidad. Lo primero que a uno le transmite un mensaje así es la necesidad de ser pulcro y cabal en el puesto de trabajo. En el fondo, no es más que una llamada a la disciplina empresarial a la que deben someterse los operarios. Según nos dicen, hacer un trabajo de calidad es necesario para asegurar el futuro (especialmente el futuro laboral del empleado). Producir correctamente, en cantidad y calidad, obedecer sin rechistar y no salirse de la pauta marcada son, por tanto, las aptitudes que se esperan del operario dentro de la empresa. Resulta un tanto paradójico que, al salir de la fábrica ocho horas después, me cruce con una docena de vallas publicitarias que me incitan a olvidarme de esa disciplina y a comprar de manera compulsiva e irracional, el nuevo Seat Ibiza, el pack PS3 con Sony Bravia o una semana en Marruecos (todo incluido) con Viajes Marsans. De hecho, algunas empresas han hecho negocio de esta filosofía de vida inspirada en el carpe diem consumista. Un ejemplo de ello lo encuentro unos metros más adelante en una de las vallas publicitarias en la que Cofidis me asegura que puede darme hasta 3000 euros en 24 horas, con solo hacer una llamada. Increíble pero cierto. Puedo consumir aquí y ahora, sin esperar a las pagas extraordinarias de diciembre y junio y sin hacer demasiadas cábalas sobre mi economía doméstica. No obstante, cuando vuelva al trabajo tras mis idílicas vacaciones en Marrakech, me encontraré de nuevo con el odioso cartel azul en la pared y, tras él, con la dura disciplina laboral, a la que deberé someterme si quiero devolver el crédito express (y su alto interés) antes de que las vallas publicitarias surtan efecto y me vea, de nuevo, arrastrado por la fiebre consumista.
Disciplina laboral y anarquía del consumo conforman solo una de las múltiples contradicciones de este mundo esquizofrénico. Un mundo en el que ya no somos capaces de distinguir la cínica realidad de los poderosos de la ilusión óptica que han creado para mantenernos sometidos.