lunes, 17 de marzo de 2008

PAX AMERICANA

Maquiavelo nos dice que hay tres formas de conquistar un nuevo Estado: a) por medio de crímenes; b) con armas ajenas y por la fortuna; c) con las armas propias y por la virtud. Según afirma, las tres son vías lícitas para llegar al poder. Las dos primeras permiten un ascenso al trono relativamente rápido: mediante un golpe de Estado, apoyándose en fuerzas mercenarias o a través de la compra de influencias. Sin embargo, el que accede al poder mediante estos mecanismos necesitará grandes dotes de virtuosismo para mantenerse. En la mayoría de los casos, los dirigentes se verán abocados a ejercer una excesiva coerción para mantener la estabilidad, lo que erosionará la legitimidad de su gobierno. En palabras de Maquiavelo, la vía preferible para acceder al gobierno de un nuevo Estado es a través de las armas propias y por la virtud. Ésta es posiblemente la vía de acceso más difícil, pero la que garantiza una mayor estabilidad de gestión. Aquel que asciende al poder mediante sus propias armas genera fidelidades entre los suyos y gracias a sus dotes de buen gobernante (a su virtud), se dota de legitimidad a uno y otro bando. Sin embargo, la virtud no garantiza el triunfo por si sola, requiere de la oportunidad, es decir, de un contexto favorable. Esta teoría es perfectamente aplicable a la política exterior norteamericana de los últimos cincuenta años. Considerando el mundo occidental como el nuevo Estado a conquistar y a EEUU como el príncipe que aspira a ello, podemos encontrar analogías entre la teoría y la realidad.
El fin de la Segunda Guerra Mundial generó un vacío de poder en el sistema internacional debido a la caída de las antiguas potencias europeas. En este contexto, EEUU vislumbró su oportunidad, la posibilidad dictaminar las reglas de juego a nivel mundial. Pero ¿gozaba de armas propias y de virtud? EEUU fue el país que salió mejor parado de todos los que intervinieron en la guerra. Tenía un ejército intacto, una economía próspera (gracias a que había sido el máximo exportador de armamento durante el conflicto) y un gobierno sólido. Por tanto, tenía los recursos necesarios. Su potencial económico, político y militar le dotó de poder estructural. Elaboró junto a los vencedores los armisticios de paz y se elevó, junto a la URSS, como superpotencia mundial. Configuró el mundo occidental de modo que favoreciera a sus intereses y perpetuara su hegemonía. Así fue como creo el sistema económico occidental (Bretton Woods) y sus alianzas políticas (NNUU) y militares (OTAN). Sin embargo, EEUU enfocó su política exterior de un modo distinto a cómo lo hicieron los rusos. Articuló su estrategia en base a la virtud maquiavélica:

[…] El príncipe debe ser temido pero evitar ser odiado. ¿Cómo puede evitar ser odiado? Debe guardarse de reproches y procurar ser considerado grande, valeroso y firme. Esto le otorga gran reputación. Un príncipe con reputación se haya seguro tanto interna como externamente. Porque el príncipe debe guardarse de estas dos amenazas: la interior y la exterior. La exterior la controlará con buenas armas y buenos aliados, que le otorgaran respeto y miedo ante el posible atacante. Para garantizar su poder en el interior debe gozar del favor de sus súbditos y éste lo conseguirá no haciéndose odioso o despreciable. De esta manera evitará conjuras y complots, porque aunque siempre habrá instigadores, éstos no encontrarán apoyos suficientes en un pueblo satisfecho con el príncipe […].

La hegemonía militar provocaba que fuera temido tanto interna como externamente, pero los estrategas estadounidenses comprendieron que eso no garantizaba la estabilidad del sistema. Además, debían procurar no ser odiados. Para ello, era preciso basar su política interior (la de su glacis) en el soft power. EEUU no debía imponer, debía convencer. EEUU no quería ser temido dentro de su órbita, quería ser amado, venerado, en definitiva, quería ser imitado. Como si de un hermano mayor se tratara, pretendía ser el referente dentro de su órbita, porque de ese modo garantizaba que no se crearan reacciones internas y, a su vez, se mostraba atractivo a los ojos de los países que estaban en la órbita soviética, sometidos a las directrices coercitivas de Moscú. El principal error de la URSS fue, precisamente, basar su gobierno interno y externo en la amenaza militar y la imposición jerárquica (hard power). Esto generó odios dentro y fuera que llevó a la polarización del mundo y al progresivo resquebrajamiento del glacis soviético.
El control de la revolución mediática y tecnológica iniciada en los años 60 permitió a EEUU divulgar su credo (capitalismo y “democracia”) por todo el mundo. Durante la década de los 80 asistimos a los años dorados de las empresas transnacionales norteamericanas, cuyos productos consiguieron traspasar incluso las barreras ideológicas que habían dividido el mundo durante décadas. ¿Cómo lo hicieron? Gracias a la publicidad. Los conglomerados mediáticos, controlados por empresas, se encargaron de crear el deseo de consumo de esos productos bombardeando a la sociedad con spots publicitarios. Y surtió efecto. En los 90 todo el mundo quería calzar zapatillas Nike, comer en McDonalds, beber Coca-Cola y tener en su escritorio un PC con toda la gama de productos Microsoft. Las superproducciones hollywoodienses llenaban las salas multicine de cualquier ciudad del mundo. Aprender inglés empezó a convertirse en un requisito indispensable para andar por el globo. Todos estos nuevos deseos de consumo traían implícita la adoración de una cultura, la imitación de un modo de vida. EEUU sabía que la construcción del Imperio Yankee pasaba, necesariamente, por la homogenización cultural. Debían salir a civilizar al mundo, a liberarlos de la esclavitud de los estados planificadores. Su arma principal: los mass media. Pero si alguno de los pueblos bárbaros oponía demasiada resistencia, siempre tenían a mano casco y fusil para inculcarles libertad y democracia por métodos algo menos ortodoxos. Ya saben, la letra con sangre entra.
No es el caso de España. Aquí no ha sido necesario derramar demasiada sangre para que la élite entienda quien marca las directrices. Tampoco para que la sociedad se adapte a la american way of life. No en vano hemos sido educados en la escuela europea del neoliberalismo hayekiano. Formamos parte de las provincias responsables y leales del Imperio. Basta echar una ojeada a nuestro alrededor para apreciarlo. Observen cuantos productos estadounidenses consumimos, cuántas series de televisión, cuántos cd’s de música, cuántas noticias llevan el sello de las barras y las estrellas. Fíjense cuantos anglicismos utilizamos al hablar. ¡Miren como vamos vestidos! ¿Es tan distinta la rutina de un norteamericano de a pie y la nuestra? Los hábitos de consumo determinan nuestra propia identidad y, con ello, nuestra forma de ver el mundo. Solo así se explica la pasividad ante la americanización del sistema político español.
Las últimas Elecciones Generales han confirmado una tendencia hacia el bipartidismo que venía produciéndose desde la Transición. Por primera vez, PP y PSOE acaparan el 92% de los escaños del Congreso de los Diputados. Los mecenas de la democracia representativa afirman que el mapa político lo dibujan los ciudadanos con sus votos y se corresponde con sus preferencias. Sin embargo, eso no son más que verdades a medias. Quizás deberían hablar de la influencia del sistema electoral español en la distribución de escaños. En lugar de recurrir al catálogo de frases célebres, deberían explicar como una compleja fórmula electoral distorsiona el resultado de modo que los partidos mayoritarios de implantación estatal y los partidos nacionalistas salgan favorecidos en detrimento de los partidos pequeños estatales (como IU). Y ya puestos, que nos expliquen porqué los debates televisivos han sido en formato de 1vs1. ¿Por qué no debates a 6 bandas, entre todos los partidos que formaban grupo parlamentario en el Congreso? Es evidente que el sistema electoral y la cobertura de los medios han tenido una influencia considerable en el resultado de las elecciones. Sin embargo, es más fácil recurrir al simplismo y a la exaltación del buen hacer del pueblo español, así de paso, enaltecemos el patriotismo barato.
La realidad es que nuestra americanizada cosmovisión está favoreciendo la americanización del sistema político. Así es como estamos estableciendo un rígido bipartidismo de alternancia en el poder que apesta a Restauración canovista. Es cierto que hoy la democracia está más consolidada que a finales del siglo XIX pero no por ello es más difícil aplicar este modelo; basta con el apoyo de unos caciques más poderosos: los conglomerados mediáticos, los caciques del siglo XXI.

Veremos como le va al Partido Demócrata de Zapatero en la próxima legislatura en la gestión de sus distintos Departamentos de Estado. Estaremos atentos también a qué ocurre con la dirección del Partido Republicano ¿Decidiremos quién será el dirigente republicano en unas primarias que enfrenten a Gallardón y Rajoy? ¿Será el caucus de Fuenlabrada decisivo en la elección? La realidad evidencia que spain ya no is different, sino más de lo mismo. Lástima que lo de mantener una jefatura de Estado hereditaria, parasitaria y anacrónica sea algo tan arraigado en este país y no se decidan a importar el modelo americano. ¡Para una cosa buena que tienen!

1 comentario:

Toni dijo...

esta vez no lo veo tan claro como tú, creo que hay más matices.

Hay cosas que no las veo tan negras aunque, quizá, mi cerebro esté ya totalmente abducido.

De todas formas, sigue escribiendo; hacen falta más opiniones, más debates, más crítica, más discusión para poder mejorar.

Ánimo!