Papá, ¿es cierto que no podré ir a la universidad cuando acabe el bachillerato?
¿Por qué era tan bueno que la universidad fuese pública?
La idea es perfecta ¿Dónde está el problema?
Y… ¿Qué pasó para que todo eso cambiara?
Ante estas facilidades los jóvenes empezaron a acceder a la universidad en masa. Esto planteaba un problema para algunos sectores: aquéllos que siempre habían ostentando el monopolio de la cultura y que sabían que la educación en manos de las clases bajas iba a acabar con sus privilegios a través de la movilidad social vertical. El problema es que el acceso a la universidad de las clases bajas cuestionaba su propio sistema de legitimación social.
Al principio la legitimación divina justificaba su posición: unos estaban en la cúspide del sistema y otros en la base porque así lo mandaba Dios. Cuando el racionalismo empezó a acabar con los argumentos divinos, surgieron los ancestrales: sus privilegios quedaban justificados por la tradición, porque “siempre ha sido así”. Por eso, hijo, cuando te encuentres con alguien que se autodefina “conservador” piensa que su ideología se basa en el mantenimiento de algún privilegio heredado.
Como ves, el argumento conservador consiste, igual que el divino, en la fe, en la creencia de que el sistema ha funcionado siempre así, como te dicen los que llegaron antes que tú. Sin embargo, es un argumento mucho más débil porque carece del “miedo” al castigo divino. Pecar pasa a ser algo mucho más mundano, porque lo que se infringe es la ley de los hombres y el castigo no será eterno porque no lo aplica una deidad, sino los simples mortales.
¿Qué significa meritocrático?
¿Qué hicieron entonces los privilegiados? ¿Encontraron un nuevo argumento para reestructurar el sistema?
Así pues, lo que importaba a los privilegiados, lo que realmente les preocupaba, era que cualquier ciudadano de a pie pudiera conseguir altos niveles educativos y generar, de ese modo, movilidad social vertical. Por tanto, era necesario atacar el sistema de educación post-obligatoria pública, especialmente, la universidad.
¿Entonces fue cuando privatizaron la universidad?
El objetivo final era privatizar las universidades. Para los privilegiados suponía un doble beneficio. En primer lugar, conseguían trasladar la educación universitaria al mercado, con las correspondientes ganancias que esto generaba. Por otro lado, una vez en manos privadas, el acceso a la educación superior podía limitarse fácilmente: aumentando el coste de matrícula hasta hacerlo inalcanzable para las clases bajas. Un plan malévolo que llevaron a cabo sin demasiadas dificultades en un contexto muy favorable en el que gozaron del beneplácito de los gobiernos, enfrascados en políticas de desregulación y privatización y ante la impotencia de los debilitados grupos de presión y protección social. Todo ello tras la crisis económica de la década de los 70, que elevó la ideología neoliberal y el credo del mercado como la única salida posible ante el colapso del sistema anterior.
El proceso gradual de privatización de la universidad se inicio con el establecimiento de una restricción al acceso basada en una prueba cognitiva, es decir, de nivel. A esta prueba se le llamó “Selectividad”, precisamente porque pretendía establecer un filtro, una selección de los más aptos.
Pero papá, no sólo los ricos son aptos. Los pobres podían hacer la prueba y superarla ¿No?
Recuerdo que, por aquéllos tiempos, los titulares decían que teníamos la peor educación pública de toda Europa. ¿Ves a donde quiero llegar, hijo? La exclusión de las clases bajas a la educación superior era muy sencilla: si la educación pública en los niveles básicos era deficitaria, se incentivaba la desmotivación que conducía directamente al fracaso y el abandono escolar. Este era el primer filtro que dejaba fuera de las aulas más del 50% de los estudiantes de la educación pública al finalizar la secundaria. El segundo filtro era la selectividad. Superarla suponía un tremendo esfuerzo para los chicos de la educación pública, pues se producía un tremendo desajuste entre los contenidos exigidos y los adquiridos. Aunque consiguieran superar la selectividad, las medias de expediente solían ser bajas. Todo lo contrario pasaba en los niños de colegios privados: aunque ya de por si su nivel educativo solía ser superior, si no conseguían una nota muy buena en la selectividad, se compensaba con sus notas medias de expediente, excesivamente infladas (ya sabes, el que paga es el que manda).
El tercer filtro era la propia carrera universitaria. El desajuste formativo se dejaba sentir especialmente en este estadio. En muchos casos, los estudiantes procedentes de la educación pública básica no alcanzaban el nivel exigido al no estar familiarizados con los procesos de aprendizaje y de estudio, ni con los contenidos que se impartían. Muchos abandonaban la carrera en los primeros dos cursos. Así es como se garantizaba que poco más de un cuarto del total de jóvenes que habían iniciado la educación pública (por lo general, chicos y chicas de clases medias-bajas y bajas) consiguieran su título universitario. La igualdad de oportunidades preconizada desde el Estado murió el día que los gobiernos lanzaron la educación al mercado y la sometieron a sus mecanismos de competición salvaje.
Pero eso no era suficiente ¿Verdad?
Por tanto, la opción más común era opositar. A la larga esto planteó un problema para los ricos capitalistas: el número de funcionarios fue in crescendo así como las funciones estatales para la resolución de nuevos conflictos en una sociedad cada vez más compleja. El liberalismo en sus inicios y, de manera exacerbada, el neoliberalismo a partir de los años 70, planteaba la burocracia como una limitación al libre comercio: el Estado no debía inmiscuirse en el mercado. Su presencia, aunque necesaria, según afirmaban, debía ser muy reducida y limitada a unas pocas funciones.
La primacía del mercado a partir de los años 70 abocó a los gobiernos de la mayoría de países occidentales a oleadas de privatizaciones durante las décadas siguientes. En consecuencia, el sector público fue reduciéndose paulatinamente. Bajo el credo del libre mercado se criticó la burocracia y se desmontó el aparato estatal. La realidad, hijo, es que a lo que aspiran los neoliberales es lo mismo a lo que han aspirado siempre: una clase empresarial reducida, extasiada por la locura de la producción infinita, que dirige las empresas y obtiene todos los beneficios y, por debajo, una gran masa de trabajadores manuales abocados a la rutinización y la miseria. En sus planes no cuadraba una organización estatal burocrática, capaz de aglutinar a diplomados y licenciados de clases medias y bajas y dotarlos de una función técnica o directiva. La administración pública no solo se inmiscuía en las cuestiones que, según ellos, debían resolverse en el mercado, sino que, además, creaba aspiraciones de movilidad social entre los pobres, incentivando que estudiaran y se liberaran de las cadenas que los mantenían sujetos a las cadenas de montaje. Y si nadie quería trabajar en las fábricas ¿Cómo iban a seguir incrementando sus beneficios?
El objetivo era desmontar la organización burocrática estatal, así que empezaron por la clase funcionarial que la sustentaba. Para ello, profundizaron en la privatización y elitización de las universidades que eran la principal fábrica de funcionarios. Fue entonces cuando los gobernantes neoliberales de la Unión Europea idearon el Plan Bolonia.
Sí, he oído hablar de eso. ¿Era una reforma educativa universitaria, no?
El Plan Bolonia eliminó los dos tipos de titulación existentes, las diplomaturas (180 créditos) y las licenciaturas (300 créditos) para establecer un único tipo de titulación llamado grado. La ventaja de este nuevo sistema era la homologación de los títulos a nivel europeo. Como los contenidos se marcaban desde comisiones europeas de educación, eran homogéneos a todos los países miembros. Con esta medida, se evitaban problemas de incompatibilidad para ejercer carrera profesional en cualquier Estado miembro. Esta medida era, sin duda, beneficiosa pues incentivaba la movilidad laboral dentro de Europa. Sin embargo, no era más que un caramelo, un velo que pretendía ocultar el perverso objetivo final del Plan: “elitizar” y privatizar la educación superior.
El Plan Bolonia introdujo el nuevo modelo educativo basado en las clases prácticas y los seminarios. En parte, este nuevo sistema también era positivo, pues preveía una mayor implicación del estudiante y un mayor control de los conocimientos que iba adquiriendo. Por el contrario, el modo en que se implementó fue muy perjudicial para aquellos estudiantes que debían de combinar su actividad académica con la laboral (es decir, los estudiantes con menos recursos). La sobrecarga de prácticas y seminarios y las pautas y los tempos de entrega de los mismos obligaron a los estudiantes que trabajaban a elegir entre seguir estudiando o seguir trabajando. Y aunque la primera opción era la que muchos preferían, las circunstancias les obligaban, en la mayoría de los casos, a optar por la segunda. Así es como se profundizó en la elitización de la educación superior.
El segundo contra tenía que ver con la propia naturaleza de la titulación. El grado tiene un peso similar en créditos (200 créditos) al que tenían las antiguas diplomaturas y, por tanto, mucho menor que las licenciaturas. Al convertirse el grado en la única titulación subvencionada por el Estado se produjo, irremisiblemente, una precarización de la educación superior. Esos 100 créditos que el Estado se ahorró permitieron a las empresas privadas de educación ampliar su oferta de másters y postgrados. La especialización académica se hizo necesaria para ser competitivos en un mercado laboral cada vez más complejo. Y ahí está el quid de la cuestión. Al ir reduciéndose la demanda funcionarial de trabajo por el progresivo derrumbe del Estado burócrata, el mercado laboral pasó a estar dominado, casi en su totalidad, por empresas privadas. Éstas, bajo el supuesto de la búsqueda de la máxima eficiencia y productividad, imponían sus propios criterios de selección del capital humano. Para competir por un puesto directivo el grado se quedaba corto. Era necesario especializarse mediante complementos de formación, másters, postgrados, idiomas, etc. para ser competitivo. Pero tras la implantación del Plan Bolonia, ser competitivo, se hizo especialmente difícil para un sector de la población: aquéllos que no podían costearse másters y postgrados no subvencionados por el Estado. Lo único que podían hacer era mantenerse en puestos mediocres en las empresas privadas, o volver a la cadena de montaje de la que, según los privilegiados, nunca debieron de haber salido. Privatizando la educación superior, así es como eliminaron, definitivamente, las aspiraciones de movilidad social de las clases bajas. Y lo hicieron progresivamente, para no levantar ampollas en la opinión pública, a lo largo de más de 50 años.
Pero... ¿Cómo es posible que la gente no reaccionara? ¿No hicieron nada?
Y así llegamos a donde estamos ahora
Antes me has preguntado porque no ibas a poder ir a la universidad. Por eso hijo, porque tu formas parte de la primera generación sin educación superior pública. Yo no tengo los recursos necesarios para poder pagarte una carrera en una universidad privada. Sin embargo, si tengo algo mucho más importante: la voluntad. Con la voluntad se pueden mover montañas, hijo. Yo te enseñaré todo lo que sé, te mostraré dónde debes buscar y te dotaré de los instrumentos que necesitas para comprender el mundo que te rodea. No puedo garantizarte un empleo cómodo y bien remunerado. Lo único que puedo garantizarte es la libertad que nos da el conocimiento.
4 comentarios:
si los que protestan desde hace unos años contra el plan bolonia, en vez de dedicarse a hacer el cafre destrozando los bienes e inmuebles públicos de la universidad e intimidando a sus compañeros, hubiesen escrito cosas como ésta y hubiesen inundado la universidad con ella seguramente la lucha contra el plan arrastraría a muchísimos más companeros universitarios que, incluso estando en contra del mismo, no se manifiestan por rechazo a esa gente radicalizada y que no representa a nadie más que a ellos.
Gran texto si señor
T'estimo
Gran texto. Lo que se está haciendo con la educación es algo que no tiene nombre. Pero lo más grave de todo es ver cómo hay muchísimos jóvenes que pasan del tema, y simplemente les da igual, sólo quieren que les dejen tranquilos con su litrona y sus fiestas en garitos pijos.
El 8 de mayo hay huelga, nos tenemos que hacer oír.
¡Un saludo, y enhorabuena por el blog!
Publicar un comentario